Tener un Bebé – Una Historia de Navidad
Síntesis: Una reimpresión de su relato del parto y nacimiento de su hija Tamar en 1928. La memoria describe la espera para entrar en trabajo de parto y comentarios sobre las mujeres en torno a ella en la clínica Bellevue Hospital. Acompañada por su prima Carol, regresa a Bellevue varios días después cuando sus dolores de parto comienzan. Descripción vívida del dolor que sufrió, sus pensamientos, y los de la gente con la que se encuentra en dichas horas. Tierna descripción del amamantar y sus primeros días con su hija. (The Catholic Worker, Diciembre de 1977, 8, 7. DDLW #583).
por Dorothy Day – 1 de diciembre, 1977
Cuando estaba en México muchos años atrás (¡en 1929!), mi hija Tamar tenía tres años. Estábamos un día visitando a Diego Rivera, cuyos hermosos murales estaban por toda la Ciudad de México. Él miró a mi hija, diciendo, “Yo conozco a esta pequeña. Tu artículo “Tener un bebé” fue reimpreso en toda la Unión Soviética, en muchos idiomas. Deberías ir allá a recolectar tus regalías.”
He escrito la historia para mi viejo amigo Mike Gold, que estaba editando el “New Masses” en aquel tiempo (1928). Sin ser aún Católica, estaba firmemente resuelta a tener a mi hija bautizada.
Ella es ahora madre de nueve, ¡y abuela de doce! Estuvo pasando una semana conmigo, y acaba de regresar a su hogar en Vermont. (No hace falta decirlo, necesita alejarse de aquella tribu de vez en cuando.) Tuvimos una visita encantadora!
Dorothy Day
Diciembre 1977
El miércoles recibí mi boleto blanco, que me daba derecho a un bebé en Bellevue. Hasta el momento había usado uno rojo, que me daba acceso a la clínica semanalmente para exámenes de rutina. La enfermera a cargo parecía muy reacia a entregar los blancos. Me lo alcanzó, diciendo con sospecha, “Probablemente estarás atrasada. Todas están atrasadas justo ahora. Y les dí sus boletos y sólo porque los tienen vienen al hospital a cada momento noche y día, pensando que el momento ha llegado, y se dan cuenta que estaban equivocadas.”
Los doctores de la clínica reaccionaron molestos, diciendo, “Cuál es el problema contigo mujer? Las guardias están vacías.” Y sólo una semana antes decían, “Deja en paz a tu bebé, ¿puedes? Las camas están todas ocupadas e incluso los pasillos están repletos.”
La chica que se sentó a mi lado en la clínica este día estaba ya atrasada la semana pasada y me asombré y desanimé de verla aún allí. Era una chica bella de ojos café, labios gruesos y una expresión paciente. Tendría alrededor de los dieciocho años y este era su primer bebé. Decía “Ma’am,” sin importar lo que yo le dijera. Parecía no tener curiosidad y no hacía ningún intento por hablar a las mujeres sobre ella; sólo se sentaba allí con sus manos dobladas sobre el regazo, paciente, esperando. No parecía ser muy grande, pero se movía con torpeza, infantilmente.
Había una griega que era de lo más elegante. Usaba un turbante y un enorme, rosado, collar de perlas y aros, un vestido brillante y medias color carne en sus piernas aún delgadas. No hacía ningún intento por envolverse con su abrigo como tantas mujeres hacen. Debía mantenerse parada mientras esperaba por el doctor, el lugar estaba tan repleto, y se acomodó fácilmente al lado de la puerta, su cabeza en alto, su abrigo completamente abierto, toda su figura expuesta con gracia. Más bien presumía de sí misma, segura de sus atractivos. Y porque era segura, era más atractiva.
Cuando llegué a casa esa tarde, pensando en ella me puse mis cuentas de marfil y me empolvé la nariz. No podía caminar liviana y libremente, pero era fácil pavonearse.
Había otra mujer que estaba atrasada, una gran, alegre, moza irlandesa que gritaba a viva voz a medida que salía de la oficina del doctor, “El doctor dice que están cansados de verme por aquí y no los culpo. Me apresuré en venir tres veces la semana pasada, pensando que estaba lista y no. Ellos dicen ‘¡La idea de que tu no conozcas los dolores cuando es tu tercer embarazo!’ Pero estoy condenada si es que vuelvo aquí hasta que me ingresen.”
Así que, cuando me estaba preparando filosóficamente para estar merodeando por un mes, esperando a que mi hija tocara la puerta, mis dolores empezaron, doce horas antes de lo programado. Estaba en la tina leyendo una novela de misterio de Agatha Christie cuando sentí el primer dolor y estaba aterrada, tanto por la novela como por el dolor, y pensé testarudamente para mí misma, “Debo terminar este libro”. Y lo hice, antes de que la siguiente contracción golpeara quince minutos después.
“¡Carol!” Llamé. “El bebé nacerá antes de mañana en la mañana. He tenido dos contracciones.”
“Es una falsa alarma,” se burló mi prima, pero sus rodillas comenzaron a temblar visiblemente porque después de todo, de acuerdo con todos nuestros cálculos, tenía fecha para la mañana siguiente.
“No importa. Voy al hospital a intercambiar mi boleto blanco por Tamara Teresa”- pues así la había eufónicamente nombrado.
Carol se apuró en busca de un taxi mientras yo me vestía vacilante, y unos minutos más tarde estábamos cruzando la ciudad en un amarillo1, fumando cigarrillos y apretándonos entre nosotras a la vez que el chofer del taxi pasaba por cada bache en su ansiedad por mi bienestar.
El chofer exhaló un suspiro de alivio cuando nos dejó en Bellevue, y también yo. Nos sentamos por media hora aproximadamente en la sala de recepción, mi caso obviamente no demandando atención urgente y viendo con interés la atención de otros pacientes. El doctor, saludándonos amablemente, preguntó quién de nosotras era el caso de maternidad lo que me alagó y divirtió tanto a Carol que nuestras risitas aplacaron la impaciencia que sentíamos.
Había una mujer negra con un bebé pequeño, nacido esa mañana, traídos en una camilla. Ella seguía sentándose, su hijo aferrado a su pecho, gritando que ella tenía dolor de oídos, y el médico no dejaba de empujarla hacia atrás. Carol, quien sufre de la misma complicación, dijo que preferiría tener un bebé que un dolor de oídos, y estuve de acuerdo con ella.
Después había un borracho contento, asistido con dificultad por el chofer de un taxi y su pasajero, que insistía en que había sido pateado por un gran caballo blanco. Sus heridas no parecían muy serias.
Mi turno vino después, y fui llevada en silla de ruedas por un agradable auxiliar con aliento a whisky, la atención de Carol fue atraída y desviada de mi sufrimiento con el ingreso de un hombre ahogado, o casi ahogado, del cual estaban intentando obtener información sobre su esposa, ya fuera que él vivía con ella, su dirección, religión, ocupación y lugar de nacimiento – – información que el hombre era totalmente incapaz de proveer.
Durante la siguiente hora recibí toda la atención que Carol hubiese querido para mí – – atenciones que no me agradaban en absoluto. La enfermera que me atendió era una grande, bella criatura con cabello marcelado y anchas caderas, que presumía por la pequeña habitación con mucha gracia. Era una criatura frívola y hablaba de Douglas Fairbanks y la película que había visto esa tarde, mientras agitaba una larga navaja con abandono.
Abandono. ¡Abandono! ¿A qué me recordaba eso? O sí, al pretendiente que dijo que yo carecía en el abandono porque no respondí a sus insinuaciones.
Pensando en películas, ¿por qué el hospital no ofrecía películas a mujeres en labores de parto? ¡Y música! De seguro las cosas deberían ser hechas lo más interesante posibles para las mujeres que están perpetuando la raza. Era reconfortante pensar en las campesinas que toman sus horas de almuerzo para tener a sus hijos, y luego ponen a los niños en el pajar y vuelven a trabajar en los campos. ¡Civilización infernal!
No tenía nada en casa en que poner al bebé, pensé de repente. Excepto el cajón de una cómoda. Carol dijo que ella tendría un canasto para la ropa. Pero adoro las cunas. Qué mal que no he podido encontrar una. Mucho tiempo atrás vi una adorable en el lado este en una tienda de segunda mano. Querían treinta dólares por ella y yo no tenía treinta dólares, y además, ¿cómo iba a saber cuándo tendría un bebé? Aún así quería comprarla. Si Sara Bernhardt podía acarrear un ataúd por el país con ella no hay razón por la que no podría acarrear una cuna conmigo. Era rosado brillante – – no pintada rosado, porque la examiné cuidadosamente. Algún tipo de madera rosada.
El dolor penetrando mis pensamientos me enfermaba del estómago. Dolor al estómago, o dolor de estómago? Yo siempre he dicho “dolor de estómago” pero William afirma que es “dolor al estómago.” Ambos suenan muy divertido para mí. Pero yo diría lo que fuera que William quisiera. ¿Qué diferencia había? Pero he hecho tantas cosas que él quería, estoy cansada de eso. Prescindir de la leche en mi café, por ejemplo, porque él insiste en que la leche arruina el sabor del café. Y usar el mismo tipo de pasta dental. Curioso, tener tanta intimidad con un hombre que sientes que debes usar el mismo tipo de pasta dental que él. Despertar y ver su cabeza en tu almohada cada mañana. Algo terrible el acostumbrarse a cualquier cosa. No debo acostumbrarme a este bebé. No sé cómo.
Un rayo! Entra por tu espalda, bajando a tu estómago, a través de tus piernas y sale por la punta de los dedos de tus pies. Algunas veces tarda más en salir que otras. Entonces tienes que empujarlo. Ya no me asustan los rayos pero solían hacerlo. Solía levantarme de la cama y rezar cada vez que había una tormenta eléctrica. Tenía miedo de levantarme, pero las oraciones no sirven de nada excepto que las digas de rodillas.
Las horas pasaban. Pensé que serían cerca de las cuatro y me dí cuenta que eran las dos. Cada cinco minutos las contracciones aparecían y entre medio yo dormía. Cuando cada contracción comenzaba yo gemía y maldecía, “¿Cuánto va a durar ésta?” y luego cuando ya había pasado con el hermoso ritmo de mar, sentía con satisfacción “pudo ser peor,” y volvía a aferrarme al sueño frenéticamente.
De tanto en tanto mi enfermera de grandes caderas venía a ver cómo me estaba yendo. Ella era una criatura sociable, pero no tanto conmigo, y trajo con ella un vívido, joven médico y tres otras enfermeras para bromear y reírse de asuntos propios de un hospital. Se acomodaron sobre las otras dos camas pero mi enfermera se sentó a los pies de la mía, tirando de toda la cama con su peso. Esto arruinó mi sueño durante los intervalos de cinco minutos, y, consciente de mi resentimiento contra ella y la navaja, tomé ventaja del comienzo de la próxima contracción para patearla con fuerza en el trasero. Se levantó de golpe y se sentó en la cama de al lado.
Entonces la noche pasó. Cuando me puse impaciente y aburrida del permanente sin descanso de esas olas de dolor, pensé en todos los otros y más fútiles tipos de dolor que preferiría no tener. Dolor de muelas, de oídos y brazos rotos. Los había tenido todos. Y este es un dolor mucho más satisfactorio y provechoso, consolándome.
Y pensé, también, cuándo había sido escrito sobre el nacimiento de un bebé – – ninguna novela, pareciera, está completa sin al menos una escena de nacimiento. Pensé en las que había leído ese invierno – – Upton Sinclair’s en The Miracle of Love, Tolstoi en Anna Karenina, Arnim en The Pastor’s Wife, Galsworthy en Beyond, O’Neill en The Last Man, Bennett’s en The Old Wives’ Tale y así.
Todas excepto una de estas descripciones han sido escritas por hombres, y, con el antagonismo natural hacia los hombres en dicho tiempo, resentí su presunción.
“Qué saben ellos sobre esto, los idiotas,” pensé. Y me dio el placer de imaginar a uno de ellos en las agonías del parto. Cómo gemirían, gritarían y se rebelarían. Y cómo harían de miserable a todos a su alrededor. Y aquí estaba yo, realizando un trabajo prolijo y ordenado, empezando de la manera más profesional, en el momento. Pero cuándo terminaría?
Mientras dormitaba y me cuestionaba y luchaba, la última escena de mi pequeño drama comenzó, para gran alivio de los doctores y enfermeras, que ya se impacientaban ahora que era casi la hora para terminar sus turnos. La sonrisa de complacencia se borró de mí. Donde antes había habido olas, ahora habían marejadas. Terremotos y fuego arrasaron mi cuerpo. Mi espíritu era un campo de batalla en el que miles eran aniquilados de la forma más horrenda. A través de las ráfagas y el estruendo del cataclismo que me envolvía escuché el murmullo del doctor y el murmullo contestado de la enfermera en mi cabecera.
En un blanco resplandor de agradecimiento supe que el éter estaba por venir. Respiré profundo por él, boca abierta y jadeante como la de un bebé hambriento por el pecho de su madre. Nunca conocí un deseo tan frenéticamente imperioso por nada. Y entonces la máscara cayó sobre mi cara y me entregué a ella, arrojándome al olvido lo más rápido posible. A medida que caía, caía, caía, rítmicamente, al sonido de los tambores, escuché, tenue entre el clamor de mis oídos, un graznido peculiar. Sonreí a la vez que flotaba soñadora y lujosamente sobre un mar sin olas. Había entregado mi ticket blanco y la próxima cosa que vería sería el bebé que me darían a cambio. Fue la primera vez que pensaba en el niño en mucho, mucho tiempo.
Tamar Teresa tiene la nariz levemente torcida hacia un lado. Duerme con la tranquilidad de la Mona Lisa, de modo que no se puede ver el maravilloso azul de sus ojos que están extrañamente en blanco y ocasionalmente, ridículamente bizcos. El poco cabello que tiene es castaño rojizo y sus cejas son doradas. Su piel es de un bronceado intenso. Sus diez dedos de las manos y pies son de satisfactorios longitud y delgadez y presumo que será bailarina cuando crezca, dicho futuro la librará de la necesidad de aprender a leer, escribir y calcular.
Su largo labio superior, que se parece al de un policía irlandés, podría interferir con su belleza pero con unas manos tan elegantes como las que ya tiene, nada podrá interferir con su gracia.
Ahora mismo debo decir que es una cerdita perezosa, morreando en torno a mi generoso pecho y muy perezosa para tironear por comida. ¿Qué es lo que quieres, pajarillo? Eso debería correr por tu boca, supongo. Pero no, ya debes trabajar por tu provisión.
Ella tiene sólo cuatro días de nacida pero ya tiene el mal hábito de sentirse despierta y deseosa de juego a las cuatro de la mañana. Pretendiendo que soy un hueso y ella un cachorro, se me pega alborotadamente, sacudiendo su cabeza y gruñendo. Por supuesto, algunas madres te dirán que esto es por gases en su estómago y que debería sostenerla erguida hasta que un fuerte bufido indique que está lista para volver a ser alimentada. Pero a pesar de que la sostengo como se requiere, aún así pienso que su instinto lúdico está muy desarrollado.
Otras veces pausa por largo tiempo, su boca relajada, luego me mira disimuladamente intentando hacerme cosquillas con su pequeña lengua roja. Algunas veces hace como que me pierde y con un fuerte alarido de protesta se agarra de nuevo para alimentarse furiosamente. Es divertido ver su pequeña mandíbula trabajando y el hueco que aparece en su garganta de bebé al tragar.
Sentada en la cama, veo alternadamente mi hermoso vientre plano y por la ventana los remolcadores y barcazas y el amplio trazado del sol de la primera mañana sobre el East River. Silbatos suenan alegremente, y hay algunos hombres cantando en el muelle de abajo. El agua inquieta se tiñe de lavanda y dorado y el encantador cielo es de unos sentimentales azul y rosado. Y las gaviotas revolotean, gris cálido y blanco contra la magia del agua y el cielo. Los gorriones gorjean en el borde de la ventana, la bebé balbucea cuando toma un bocado muy grande, y pausa, entonces, un momento para mirar a su alrededor con satisfacción. Todos están complacidos, todos están satisfechos y todo el mundo es feliz.
Gracias a Magdalena Muñoz por traducir este artículo al español.
Read this in English: Having a Baby
- Por amarillo refiere a un taxi, vehículos que se caracterizan por ser de dicho color en la ciudad de Nueva York ↩︎
